Hoy Jose Manuel ha hablado del sufrimiento que se experimenta al hacer arquitectura, esa frustración que se tiene a veces al estar ante el lápiz y el papel -o ante el ordenador- y no saber por dónde continuar (se me está viniendo a la cabeza la fachada de Gran Vía de mi proyecto en este momento, por qué será...), pero también de esos momentos de disfrute, de pasión, en los que todo parece encajar y maravillosamente se soluciona; y que pesan cientos, miles, o cientos de miles de veces más que los malos.
Inmediatamente, se me ha venido a la cabeza la música. Estamos ante el pentagrama, que es nuestro papel en blanco, y lo vamos a ir llenando de cosas; elegiremos las notas (los materiales), los acordes (los espacios y sus relaciones), la escala (...vaya), y lo que queremos que transmita, las emociones, las sensaciones que querríamos que produjera. Puede ser un proceso terrible, casi agónico, pero en ocasiones el resultado no sólo merece la pena sino que puede llegar a marcar nuestra vida y la de muchos otros (para bien, se entiende).
A lo mejor este edificio de Gran Vía no tiene vocación de ser la Toccata y fuga en re menor, el Panteón de Roma o el Capricho 24 de Paganini (o cualesquiera edificios y piezas musicales que a cada uno le emocionen), pero desde luego no es la "Vaca lechera" o la casa del pueblo de mi tía, y mejor apuntar a lo primero y quedarse a medio camino que apuntar a medio camino y quedarse en lo segundo...
Esto me estoy repitiendo a mí mismo ahora (esperemos que a tiempo), para no desfallecer mientras aun peleo con la fase de bloqueo mental y sufrimiento y no veo el momento de, después de horas de práctica, de ensayo y error, tocar la canción y que suene como yo quería.
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